¿Cuál es la vaina con los TLC?
Cuando uno le pregunta
a los simpatizantes de la inserción de Colombia en la economía global –léase
libre comercio e inversión extranjera sin barreras–, por qué nuestro país debe
seguir firmando Tratados de Libre Comercio y Acuerdos Bilaterales de Inversión,
las respuestas son tan similares que casi se trata de una grabadora
reproduciendo un discurso prefabricado, o mejor, un robot recitando una poesía.
Más o menos, esto es lo que se dice:
-
El ingreso a los mercados mundiales nos
hace competitivos.
-
La economía colombiana será más
eficiente porque aquí no hay quien tenga ni la tecnología ni el manejo de
procesos específicos para explotar nuestros recursos naturales.
-
La imagen de Colombia en el exterior
mejora ostensiblemente.
-
Tecnología de punta + Inyección de
recursos externos + empleos + reinversión de ganancias en el país = desarrollo.
Y aquí se acaba el
cassette.
Lo que debería seguir
reproduciéndose en dicha grabación, con el fin de que la información sea
completa, es lo siguiente:
-
La tecnología usada por los
inversionistas extranjeros se encuentra protegida por un complejo sistema de
patentes de invención y, debido a su consecuente valor económico, nunca se va a
transmitir al país huésped de la inversión.
-
Así como los recursos externos entran
para montar la infraestructura de los proyectos, salen tan pronto se perciben
las ganancias, gracias a un modelo de control de cambios que permite dicho
esquema.
-
En materia de reinversión social, lo
único que se queda en el país y que se conoce como regalías, no es sino el
precio nominal que las multinacionales pagan por lo que extraen, de modo que no
se puede hablar de reinversión ni mucho menos.
-
La generación de empleos es mínima, ya
que los cargos directivos de las filiales de dichas empresas en Colombia son
ocupados por extranjeros, y el remanente es insignificante para tanto bombo y
fanfarria alrededor del tema.
Sin embargo, esto no es
lo más grave. El problema no es que un TLC no deje beneficios, sino que sea
cuna de perjuicios directos e indirectos para el país. Y sobre eso vale la pena
ahondar con el fin de ilustrar a quienes quieren saber un poco más del por qué
sus gobiernos, que ha elegido con el fin de proteger y promover sus derechos,
han escogido esta estrategia como LA ESTRATEGIA para lograr el tan anhelado desarrollo socioeconómico que se predica
como el fin de todos los males. ¿Cuál es la vaina con los TLC entonces?
Hablemos de efectos
nocivos directos e indirectos.
Respecto de los
primeros, hay que mencionar la insostenibilidad de la producción a baja escala
de los campesinos cuando éstos no pueden competir con los precios de los
alimentos importados. Lo anterior genera que aquellos no puedan continuar
desarrollando la actividad que se constituye en su base de subsistencia, y que
por ende no puedan contar con recursos suficientes para acceder a derechos y
garantías de tipo socioeconómico, cuya naturaleza prestacional implica que no
son directamente o completamente proveídos por el Estado: salud, vivienda,
educación, trabajo, etc.
Ahora, respecto de los
efectos indirectos, hay que decir que si los TLC generan consecuencias nocivas
directas, lo que primero se le viene a la cabeza a cualquiera es que aquellos
deberían ser modificados, renegociados o denunciados con el fin de que dichos
perjuicios cesen. Es decir, que dichos tratados, en tanto normas que le generan
obligaciones al país, serían escenario de controversias jurídicas si se
determina que el Estado se equivocó al aprobarlos, como lo afirman tajantemente
diversos sectores de la sociedad, la academia, la política, y los campesinos
mismos, que de ignorantes no tienen ni un pelo y manejan perfectamente la
lógica jurídica de estos tratados.
En ese orden de ideas, si
bien los TLC no son por ahora la fuente directa de controversias jurídicas, si serán
la base de muchos procesos que en el mediano plazo afectarán la
institucionalidad y finanzas de Colombia. Esto se puede explicar por dos
razones:
De un lado, los TLC son
instrumentos internacionales que encarnan compromisos asumidos por Colombia que
no son fácilmente modificables y cuyo incumplimiento acarrearía graves
sanciones económicas para el país. Es tan sencillo como que, por ejemplo, una
corte de Estados Unidos podría embargar los bienes que tiene el país en el
exterior como represalia frente a dicho incumplimiento. En esa medida, es
improbable que el gobierno decida buscar soluciones a los problemas del sector
rural de esta forma, debido a que las consecuencias serían incluso peores.
De otro lado, la forma
en la cual lo negociado en los TLC se implementa de forma específica en
Colombia es a través de la producción de instrumentos normativos internos, como
por ejemplo leyes o actos de la administración que hagan viable que el país
cumpla con los compromisos a nivel de libre comercio. De ahí pues que es mucho
más sencillo adelantar acciones para revisar, generar la no aplicación o
derogar estos instrumentos jurídicos, en vez de atacar los tratados.
El ejemplo más claro de
esto es lo que va a suceder con la Resolución 970 de 2010 expedida por el
Instituto Colombiano Agropecuario ICA[1] en
materia de control y uso de semillas, que tanta controversia ha causado en las
últimas semanas por un documental que mostró el drama de los campesinos al
tener que deshacerse de semillas nativas debido, aparentemente, a lo
reglamentado por el mentado acto administrativo, cuya razón de ser es en todo
caso los compromisos asumidos por Colombia a nivel internacional, tanto en los
TLC como en otros tratados internacionales.
En concreto, lo que el
TLC produjo fue la constitución de la obligación para Colombia de suscribir la
última versión del Convenio de la Unión Internacional para la Protección de las
Obtenciones Vegetales UPOV, en donde se establecen una serie de estándares que luego
se recogen en la Resolución 970. Si bien el TLC no ordenó directamente la
producción de dicha resolución, si influyó en la decisión de incorporar la nueva
regulación ya dispuesta en el Convenio UPOV.
Asumamos entonces que,
como lo sugirió el 5 de septiembre en un comunicado y a raíz de las fuertes
protestas sociales provenientes del paro agrario, el Gobierno decida revisar y
modificar el contenido de dicha norma, y que en esa medida los campesinos ya no
tengan que usar de forma exclusiva las semillas que producen las grandes
empresas multinacionales agroindustriales. Si bien dicha resolución es un acto
soberano del ejecutivo, la motivación de dicha norma no es de ninguna manera
soberana sino que responde a una obligación asumida en la órbita del TLC y
Convenio UPOV en materia de Propiedad Intelectual, interpretados como un
sistema y no como instrumentos separados.
Puede que dichos
tratados no se vean afectados directamente, pero teniendo en cuenta los
compromisos que aquellos generan en materia de regulación interna, es más que
probable que las corporaciones transnacionales afectadas por la intervención
sobre la norma reglamentaria consideren ir ante un tribunal de arbitramento –la
gran espada contenida en los TLC– y demanden a Colombia por el hecho de haber
revisado, inaplicado o derogado la Resolución 970.
Si nuestro Gobierno
tuviera bien afinadas sus piezas y además hubiera comunicación entre las distintas
dependencias de la administración pública –cosa que dudo por experiencia
propia– sucedería lo siguiente:
La Dirección de
Inversión Extranjera del Ministerio de Comercio –encargada de diseñar la
política en dicha materia y velar por los intereses del país en la órbita de
los acuerdos comerciales– conoce la intención del ICA de modificar o derogar la
Resolución 970, y de inmediato los llama para solicitarles que no lo hagan, ya
que eso podría acarrear un litigio internacional con resultados muy probablemente
negativos en materia económica, debido a la gran compensación que se tendría
que pagar a los inversionistas demandantes.
En consecuencia, el ICA,
órgano encargado de las políticas en materia de semillas se arrepentiría de su
decisión, y las cosas se quedarían como estaban al principio, o mejor, seguirían
perjudicando a los campesinos. Y si no, si pensamos en que a pesar del pánico
producido por una inminente demanda internacional, se producen las
modificaciones o congelamiento de la Resolución 970, entonces nos enfrentaremos
a la ira del arbitraje internacional de inversión, que históricamente ha
condenado a países como Argentina o Ecuador a pagar millonarias sumas de dinero
por hacer “lo correcto”, que es defender los intereses de sus ciudadanos por
encima de los derechos adquiridos de las empresas multinacionales.
Siendo el anterior caso
sólo un ejemplo más entre muchas otras patas chuecas de la silla, el trasfondo
de todo esto es claro: la inserción de Colombia en la economía mundial tiene, más
allá de los debatibles efectos positivos en materia de competitividad e
inyección de capital extranjero, una secuela perversa: el país ya no es libre ni
absolutamente soberano para decidir de qué forma cumple con sus objetivos en
materia socioeconómica, sino que su actuación está limitada a que no se afecten
los intereses de inversionistas extranjeros. No hay que ir mucho más
allá en la argumentación para entender que esto es muy grave, y que los
responsables andan por ahí diciendo que ellos no tuvieron nada que ver, o peor
aún, apoyando la causa del paro agrario en un acto de cruel hipocresía.
Cierro con otro
ejemplo. En mayo de 2013 el presidente Santos se ufanaba ante las cámaras
porque la OECD, un club de países ricos, invitaba a Colombia a presentar su
candidatura para ingresar a dicha organización. Según el mandatario, dicho
hecho constituía un gran paso en la economía nacional ya que se trataba de “un
foro donde los gobiernos pueden trabajar conjuntamente para compartir
experiencias y buscar soluciones a los problemas comunes”. Lo que Santos no
explicó fue que detrás de dicho espacio de diálogo hay un elemento que
determina la razón de ser de la OECD: la estandarización de las estructuras
económicas de sus miembros. Palabras más palabras menos, eso quiere decir que
Colombia debe ajustar sus instituciones, normas y políticas públicas en virtud
de lo que dicha organización considere como “la estrategia de desarrollo
adecuada”, que no es otra que la economía global de mercado, que como ya vimos,
juega en contra de los intereses de muchos ciudadanos colombianos, en especial
los de ruana y sombrero.
Esos, que han sido los
más afectados por la violencia del conflicto armado y que ahora sufren al
pensar que ni siquiera podrán vivir dignamente en el campo, debido a que no
tendrán como competir con el monstruo agroindustrial. Si hace 50 años el gran
reto en materia de derechos era que los Estados reconocieran que existían, y si
hace 30 años era que los garantizaran de forma efectiva, ahora dicha
controversia versa de algo mucho más crítico: que los Estados puedan actuar
como autoridad legítima para hacerlos valer, ya que hay otros actores que son
tan poderosos que son capaces de neutralizar sus buenas intenciones y
determinación.
Y mientras tanto… ¡sigamos
negociando tratados señor presidente!
[1] “Por medio de la cual se
establecen los requisitos para la producción, acondicionamiento, importación,
exportación, almacenamiento, comercialización y/o uso de semillas en el país,
su control y se dictan otras
disposiciones.”
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