LA CORTE NOS DIO DURO: UN COMENTARIO IMPOPULAR
Primero que todo quiero
agradecerle a las pocas personas que van a leer este comentario, y que piensan
que de alguna forma mi opinión puede resultar válida en este controversial caso
que hoy nos toca como colombianos. Creo que es una buena forma de reactivar
este blog.
Debo confesar que esta mañana,
como a muchos de ustedes les pasó, mis expectativas respecto del fallo de la
Corte Internacional de Justicia sobre el diferendo limítrofe Nicaragua-Colombia
pasaron de ser grandes a terminar sintiendo impotencia por algo que ciertamente
afecta de forma amplia los intereses del país. Luego de la primera decisión
tomada por la CIJ, uno no se esperaba que nos quitaran tanto. Finalmente así
fue, y sólo el tiempo mostrará la real magnitud de lo dispuesto.
Igualmente, es inevitable que
afloren sentimientos patrióticos que no sólo versan de la abstracta representación
que uno tiene de la nación, sino
también de los perjuicios concretos que se generarán para los habitantes del
archipiélago y sus modos de subsistencia, así como para el medio ambiente
debido a la segura avanzada de explotación petrolera que Nicaragua adelantará,
ahora que tiene certeza sobre sus derechos respecto del espacio en disputa.
Lee uno todo tipo de comentarios
al respecto; desde los que le echan la culpa al gobierno de turno por no haber
representado de forma debida los intereses de Colombia –si el hacendado hubiera
estado al frente seguro todo salía bien–, hasta quienes exigen que se desacate
el fallo en mención y que nos preparemos a defender lo perdido armados hasta
los dientes.
Yo estudié derecho principalmente
porque pensaba –y sigo pensando– que aquel es un poderoso mecanismo para la
obtención de justicia, por lo que quería conocer las normas y los
procedimientos para poder generar cambios. En esa misma medida, aprendí con el
pasar de los años que desafortunadamente, la naturaleza humana desafía aquella
pretensión original, de modo que muchas veces se pueden cometer los más grandes
atropellos sobre lo que consideramos como válido o justo con las banderas de la
legalidad.
La cosa aquí, por difícil e
impopular que sea, es tratar de visualizar lo que implica esta decisión no
desde la perspectiva de lo que perdimos y consideramos injusto, sino de cómo y por qué sucedió de esta forma.
Acudir a la justicia para que
resuelva una controversia –sea una corte internacional o un juez municipal, el
que sea–, implica varias cosas. Primero, que estamos renunciando a resolver el
problema a través de la fuerza porque creemos que la violencia no puede ser la
forma de dirimir un conflicto, y entonces le pedimos a un tercero que lo haga.
Segundo, que dicho pacto que se genera entre las partes respecto de la forma de
encontrar una solución es sagrado, porque la decisión que se toma debe
respetarse así al final no nos guste el resultado. Tercero, que esto garantiza
algo que cuesta mucho obtener en el marco de un mundo marcado por intereses
individuales sobre bienes escasos: estabilidad. Por eso es que, luego de que
casi nos matamos los unos a los otros con dos guerras mundiales y bombas
atómicas, se tomó la decisión de prohibir el uso de la fuerza como una
herramienta para dirimir controversias.
En conclusión, esto se trata de
lo siguiente: la justicia –esa señora que tiene los ojos vendados, la balanza
en una mano la espada en la otra–, tiene dos dimensiones, una material y una
formal. Respecto de la primera, siempre va a haber vencedores y vencidos (por
eso la balanza), de modo que el que pierde siempre la va a cuestionar porque no
le favorece. Respecto de la segunda, hay unas reglas de juego prestablecidas
que garantizan que quien toma la decisión sea lo más imparcial posible (por eso
la señora no quiere ver otras cosas). Y finalmente, si la decisión no es
acatada por el que pierde, para eso ella tiene la espada y no va a dudar en
usarla. Lo cierto es que si el día de mañana ganamos, también nos tienen que
hacer respetar lo que se nos ha otorgado.
Más allá de los juicios de
responsabilidad política que se hagan respecto del desempeño de las autoridades
públicas y agentes del estado colombiano involucrados en este proceso, hay que
entender que Colombia es un Estado que siempre ha acudido a las vías de derecho
para resolver sus conflictos, y que esa posición debe mantenerse. Sé que puede
sonar a excusa tonta, pero eso tiene un valor muy grande en materia de
relaciones internacionales porque genera un precedente que en el futuro puede ser
valioso frente a cualquier disputa y amenaza de uso de la fuerza por parte de
otros estados.
Muchos manifestaban hoy que por ser pendejos nos quitaron el canal de
Panamá en 1903 y que seguimos siéndolo hoy en día, pero hay una gran diferencia
con lo que pasó con el archipiélago: hace 100 años los gringos bárbaros
ocuparon el istmo a la fuerza, y ahora es un tribunal quien determina que algo
no nos pertenece. Uno no tiene que hacer lo que otros hacen, sino que hay que
tratar de creer en una serie de principios éticos que hacen parte de lo que se
define como humanidad.
¿Qué pasa si desacatamos el
fallo? Pues varias cosas. Primero, que a los ojos de la comunidad internacional
semejante actitud consistiría en una amenaza a la paz y seguridad regionales,
de modo que vendrían las sanciones económicas y hasta militares. La historia
nos muestra que dichas sanciones terminan siendo más perjudiciales que las
derrotas jurídicas, porque existe un mecanismo tan anacrónico como el Consejo
de Seguridad que no tendría miedo en disponer de medidas tanto excesivas como brutales
(Cuba, Afganistán, Libia, etc.). Igualmente, bloquearía cualquier posibilidad
de acudir a la comunidad internacional para que, en otros casos, nos ayude, ya
que es tan sencillo como que el tipo antisocial de un grupo termina siendo
discriminado y aislado. Tercero, que eso nos pondría al mismo nivel de
regímenes autoritarios, y Colombia –con algunas excepciones– ha tratado de
mantener un nivel mínimo de institucionalidad en el desarrollo de las
relaciones internacionales.
Hay países como Estados Unidos
que no han acatado los fallos de la CIJ y ahí siguen, es cierto…pero se trata
de estados que al final no se ven tan afectados por son de hecho quienes a
través de su poderío militar y económico administran las sanciones. Da ira
pensar en esto, pero en este caso hay que aceptar que la mentira más grande que
se han podido inventar es que el mundo es un escenario conformado por estados libres, soberanos e iguales. No
lo es, y nosotros no somos parte del club del poder. Frente a esto –veo venir abucheadas
y tomates por doquier–, lo único que se puede decir es que hay que tratar de
ser mejor que los demás y sólidos respecto de los principios éticos en los que
creemos y sobre los que se construye nuestra idea de Estado, y que además hay
que buscar alternativas dentro de los mecanismos existentes para solucionar los
problemas concretos.
Frente a esto último, y sin haber
leído el Fallo aún, se me ocurre lo siguiente:
·
Ejercer monitoreo constante sobre los intereses
colombianos en la zona, incluyendo los enclaves que quedaron en aguas nicaragüenses,
de modo que frente a cualquier inconveniente, se emitan alarmas para que no
haya excesos en los actos de dicho país.
·
Teniendo en cuenta la oscuridad del fallo
respecto a muchos puntos, pensar en la posibilidad de solicitarle a la CIJ que
emita una interpretación del fallo.
Ojo, esto no quiere decir que sale una nueva decisión, sino que el tribunal debe
interpretar el contenido y alcance de lo que decidió, ya que hay intereses en
juego que no han sido debidamente resueltos, como por ejemplo la forma en la
cual los ciudadanos y autoridades colombianas pueden tener acceso a las
porciones de territorio que quedaron aisladas.
·
Fortalecimiento de la diplomacia colombiana en
la región y el mundo, con el fin de que en todos los foros de discusión
política y de relaciones interestatales, exista la clara convicción que
Colombia defiende sus intereses de forma rígida, si bien respetando las
decisiones tomadas por la justicia internacional.
·
Que Colombia por fin se ponga los pantalones y
haga presencia efectiva en San Andrés y Providencia. De alguna forma, la falta
de atención del Estado a estos territorios es una de las causas de esta
situación. En esa medida, tiene que tener en cuenta los intereses de las
poblaciones allí ubicadas, que ciertamente tienen características muy
específicas y requieren de medidas excepcionales.
·
Identificar la protección del medio ambiente
como un interés que trasciende al país y se identifica con la región, de modo
que se pueda limitar cualquier interés de explotar recursos naturales con
potencial afectación al entorno.
Lo más probable es que todo esto
que acabo de escribir no traiga paz ni sosiego a sus corazones, y que por el
contrario algunos piensen que soy un vendepatria
o ingenuo. Sin embargo, creo que en ocasiones como estas hay que tratar de
enfriar la cabeza y tratar de entender que acontecimientos como el Fallo de la
CIJ representan la eterna lucha entre las pretensiones de quienes acuden al
derecho para resolver disputas y lo que él puede dar, siendo un sistema tan
limitado como nosotros mismos. Tiene momentos de lucidez y oscuridad; virtudes
y pasiones. No nos queda de otra.
Comentarios
Publicar un comentario