EL QUE NO HAYA VISTO STAR WARS SE JODIÓ: ÚLTIMA OPINIÓN SOBRE EL FALLO NICARAGUA-COLOMBIA DE LA CIJ (LO PROMETO)


Si pensamos en la posibilidad de un desacato, debemos desmarcarnos de los desafortunados sentimientos de nacionalismo que al final no son más que patadas de ahogado, y pensar más bien en la opción moral que tenemos como individuos subyugados por un sistema hegemónico. La reacción no debe ser en contra una decisión judicial que se tomó a partir de la voluntaria aceptación de un conjunto de normas –eso ya no de puede tocar–, sino respecto de una comunidad internacional antidemocrática e imperialista.

La semana pasada reactivé el blog Desmarcadoenelmundo debido a tres cosas. La primera, porque no soy un Caballero, Samper o Santos para poder expresar mis opiniones a través de un gran medio de comunicación (menos mal porque de lo contrario estaría en la mira de Pacific). La segunda, porque tengo un ego insoportable y creo que a la gente podría interesarle lo que escribo. Y la tercera, porque habiéndome especializado en derecho internacional, el sentimiento de impotencia frente al tan mentado fallo de la Corte Internacional de Justicia me estaba hirviendo los huevos.

En esa medida les dije que así nos doliera en el alma, debíamos entender que la decisión proferida se trataba de una manifestación formal de justicia, y que por lo tanto debíamos acogernos a sus consecuencias bajo el entendido de que con esto pagábamos tributo por el hecho de hacer parte de la comunidad internacional. También hice una pésima caricatura de la estatua que representa la justica, que a propósito pido que destierren de sus recuerdos.

Con esta resolución, soné como uno de los profesores que me enseñaron a confiar en los designios del fenómeno jurídico, y en ese momento me sentí orgulloso por tener la capacidad de reproducir íntegramente sus enseñanzas y espíritu civilizador, cual Luke Skywalker sufriendo con resignación la mochada propinada por su padre Darth Vader, bajo la consigna de nunca sucumbir a los designios del lado oscuro como bien se lo enseñó el maestro Yoda. El que no haya visto Star Wars se jodió.

Este ha sido un fin de semana frío y aburrido en Toronto, y por ende he tenido tiempo para pensar un poco. Me encuentro en un café cualquiera del centro y leo con paciencia un denso texto de Boaventura de Souza Santos sobre la función imperialista del conocimiento, mientras un te de camomila se va enfriando. De un momento a otro recuerdo muchos de los comentarios y argumentos que he oído sobre la necesidad de desacatar el fallo en mención y la idea no me sigue gustando, aunque al mismo tiempo hay una palabra que me da vueltas en la cabeza gracias a la lectura que hago: bárbaros. Así nos catalogarían de hacer lo que tanto quieren muchas personas de la farándula política criolla…irrespetar los términos de una decisión que aunque injusta –para nuestros intereses–, fue proferida en virtud de un proceso y unas reglas a las que nos comprometimos conscientemente.

Si uno pudiera resumir los argumentos pro-desacato, más allá de algunas variaciones tendría que decir que todos –sin excepción– giran alrededor de un súbito sentimiento nacionalista que afloró a lo largo y ancho de nuestro cada vez más pequeño territorio nacional (dicen por ahí que el señor Efigenio Cuervo de Carmen de Bolívar se mandó tatuar en la nalga derecha el mapa de Colombia incluyendo las aguas perdidas para mostrar su fervor patrio y transmitirle un poco de conocimientos de geografía a sus amantes). Si, ese cuento de que todos somos colombianos, y que nos identificamos alrededor de una serie de elementos que en su conjunto consideramos como patria. Esa retahíla que podemos oír todos los días en los comerciales de Julito PacificesColombia Sánchez, o que casi hace remplazar al gorro frigio del escudo por un poncho y un carriel igualmente rojos, pero por la sangre derramada.

Señoras y señores…para mí eso sigue siendo inocuo y me huele mal. Y si a continuación voy a expresar por qué yo considero que un eventual desacato es moralmente válido, eso no tiene nada que ver con la idea de salir a defender algo que nos pertenece como colombianos, cuando lo cierto es que nunca nos importó más allá de querer un triunfo jurídico porque los nicaragüenses –empezando por el borracho de su presidente– nos parezcan menos (y no lo son, pero así lo creemos todos así nadie sea capaz de decirlo abiertamente). Veamos.

Hay que partir de la siguiente pregunta: ¿por qué Colombia decidió someter esta controversia limítrofe a la Corte Internacional de Justicia? Simple, porque hace parte de ese club de gente divinamente que se llama Naciones Unidas. Yo no se si ustedes se acuerdan de una novela llama El Inútil en la cual Víctor Mallarino interpretó uno de los pocos papeles buenos de su carrera: Mirando Zapata. Pues bien, se trata de un tipo de extracción humilde y laboriosa que hizo fortuna vendiendo chanclas, y que tenía como máxima pretensión en la vida obtener su membresía a un exclusivo club campestre lleno de flemáticos y postizas. Cuando finalmente logró entrar a dicha exclusivité, subió de estatus social pero a la vez se le pidió que cumpliera una serie de reglas de comportamiento, como por ejemplo vestirse de cierta forma o dejar de comportarse como un gamín levantado. Unos hijueputas esos tipos con el pobre Mirando, pero así lo hizo.

En el contexto de la comunidad internacional, la cosa no es del todo diferente. El Derecho Internacional que hoy en día conocemos es producto de la evolución de las relaciones internacionales intra-europeas, a partir de las particularidades históricas, sociales y culturales de dichos países, y con el objetivo de regularizar sus interacciones luego de la consolidación de los proyectos nacionales. Entonces, como primera medida, hay que decir que se trata de un diseño normativo e institucional para un grupo de sujetos específicos, y ajeno a nuestras particularidades.

La segunda fase de evolución del Derecho Internacional implica de forma clara un proyecto hegemónico: la colonización de los territorios que desde el siglo XVI empezaron a ser “descubiertos” por las distintas expediciones europeas a lo largo y ancho del mundo. En esa medida Francisco de Vitoria, un cura catalogado como el padre del derecho internacional, se inventó un cuento (poned atención queridos hijos):
Nosotros los europeos, bajo la protección de Dios nuestro señor, debemos ir a evangelizar a los bárbaros que viven al otro lado del mar. Igualmente, queremos invertir en esas nobles y fértiles tierras, de modo que hay que viajar a comerciar con nuestros hermanitos menores. Pero, si por alguna razón ellos no quieren recibirnos bien, tenemos todo el derecho de hacer la guerra y conquistarlos, bajo la premisa de convertir y civilizar a estos infortunados bárbaros. Y como contraprestación por nuestra noble tarea…pues un poco de oro y plata no estaría mal.

¿No les suena parecido a algo?

Las Naciones Unidas se crean en 1948 luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, bajo el entendido de consolidar el proyecto civilizador del Derecho Internacional que se vio frustrado por la confrontación armada (bonche que en todo caso ellos mismos armaron). Así pues, la organización está erigida bajo una serie de principios que buscan generar la convivencia pacífica entre estados libres, soberanos e iguales –nada más distante de la realidad–. Y para garantizar esto, se crea un conjunto de normas e instituciones para llevar esto a cabo; entre ellas, señoras y señores, la Corte Internacional de Justicia.

¿Cómo funciona la cosa? Si usted quiere hacer parte de este club, se acoge a una serie de reglas prestablecidas que determinan su comportamiento como Estado. Y si no cumple con lo que se comprometió, prepárese porque hay un carabinero con bolillo y gases lacrimógenos (El Consejo de Seguridad) que no dudará en darle puño limpio hasta que cumpla.

Esto que acabo de describir es la misma base del contrato social que rige a cualquier país con su división de poderes y sistema de frenos y contrapesos. En esa medida, cuando existe consentimiento respecto de la vinculación a una sociedad, está aceptando tácitamente que todo lo que se disponga bajo dicho contexto debe ser acatado. En otras palabras, de malas si no le gustó, eso fue lo que entre todos los miembros decidimos que debe ser considerado como derecho.   

¿Saben cuál es el problema? Que ni todos los miembros decidieron las reglas, ni el esquema finalmente desarrollado está pensado para manejar relaciones entre sujetos libres, iguales y soberanos, sino entre países más poderosos y países menos poderosos, que se encuentran subyugados.      

En esa medida, creo que sí hay que levantarse y manifestar desacato, pero no frente a un Fallo que al final resulta uno más de muchos atropellos cometidos por parte de la hegemonía. Este es un desacato respecto de la forma en que el sistema internacional trata de expandir su visión hegemónica de cómo deben ser las cosas y quienes son los que mandan. Y repito, este no es un tema de nacionalismo súbito, sino de dignidad como individuo y como pueblo, que es diferente. Porque les aseguro, que aparte de unos pocos a los que debe reconocérsele su trabajo y sincero sentimientos con los isleños y pescadores, la mayoría de la gente no tenía ni idea quien vivía allí ni de qué forma subsistía.

Es hora de seguir hacia adelante, y pensar entonces de qué forma hay que evitar que este tipo de cosas vuelvan a suceder. Lo que se perdió se perdió, y me atrevo a decir que la euforia que en estos días envuelve al presidente Santos y sus funcionarios, se irá apaciguando hasta que el nuevo tema de debate sea el de los diálogos de paz o la muy segura aspiración releccionista. De aquí debe quedar es una lección sobre la forma en la cual uno se somete a los designios del sistema: político, social, económico, y bajo todas las dimensiones que ustedes quieran. Si de verdad queremos sentirnos moralmente responsables y tranquilos, nuestra indignación debe ser una actitud de fondo, y no una rabieta contextual. Ahí si, que vengan todos los desacatos del mundo; de resto, mejor dejar de decir tanta pendejada y seguir con la vida tal cual la hemos vivido y de la que no nos hemos quejado.       

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